Medio siglo

Más de medio siglo.

Ese es el tiempo aproximado que la vida pasa de ser compleja a sencilla, el tiempo que uno destina a entender esa sencilla complejidad que es la vida.

Sí, más de medio siglo. Parece una eternidad y tan solo es un soplo de vida. Esa es la paradoja. Entender la vida como algo simple y en ese sentido manejable es el resultado de más de 50 años de complicaciones, tropiezos, dudas, complejos y miles de situaciones de angustia. También de alegrías aunque lamentablemente de ellas no se aprenda tanto…

Y llega ese día en que lo ves claro, normalmente ya pasado el ecuador de la vida y habiendo cumplido una serie de requisitos, dolores, tropiezos, sinsabores, alegrías y pasiones. Como el involuntario participante en una gimcana cruel, atroz. Inflexible. Como el paseante que se sabe lo suficientemente valiente, inconsciente o mayor para entregarse al destino forjado cada día a contra destino. Como el velocista que jamás encuentra su ritmo en esta carrera de fondo y que se sabe tan veloz como perdedor de antemano. O como aquel que mira al espejo de reojo o suspira cierta desazón cuando suena el teléfono o llaman a su puerta.

Y entonces, en ese día de luz en que el que te sacudes el polvo se presentan tres claras opciones:

La del avestruz o “paso palabra” que viene a ser la del -no me he enterado de nada- pues estaba mirando a otro lado así que todo siga igual que yo seguiré mirando a ese otro lado.

La del derecho al pataleo: Me quejo -con razón- me amargo. Me frustro y como tal me muestro al mundo. Le lanzo el guante y le reto a un pulso con la fuerza de un orgullo ya decadente.

O bien me encojo de hombros con humildad, con una sonrisa sincera y torcida y con la tranquilidad que da la aceptación íntima de todo lo ocurrido y el agradecimiento por lo vivido.  La tranquilidad de haber aprendido de tanta derrota y el orgullo de sentir cada una de ella como un gran triunfo. Con cada arruga. Con cada cicatriz como trofeo único.

Más de medio siglo para encarnar y no solo entender lo  que dijo un sabio anónimo y muy cercano: “La vida es una gran broma, no te la tomes muy en serio” A lo que añado como hija: “De cada uno depende que sea de buen o de mal gusto”

A estas alturas ya he perdido lo suficiente para ser capaz de ganar. Más de medio siglo después ya soy capaz de aceptar esa broma que es la vida, de asumir el compromiso de bailarle el agua lo suficiente para que sea siempre de buen gusto y así reírnos ambas con la misma intensidad e inocencia la una de la otra para hacerlo la una con la otra.

Dedicat al meu savi i pare a parts iguals Manel Hernandez Clivillé pel 96è aniversari del seu naixement.

 

 

 

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